Me llamo Bárbara. Tengo cuarenta y cuatro años, soy venezolana, y hasta hace muy poco creía que mi vida era un modelo de estabilidad y control. Soy la típica ama de casa estudiosa: leo ensayos, subrayo libros de historia y psicología, mantengo la casa impecable y cuido a mi hijo como si el mundo se detuviera en la puerta de su salón de tercer grado. Mi cuerpo… bueno, mi cuerpo siempre ha sido un tema aparte. Soy gordita, de curvas amplias, caderas generosas y unos senos tan grandes que desde los dieciocho años han atraído miradas no deseadas. Ojos achinados, piel morena, pechos pesados que se mueven con cada paso y que, aunque trato de disimularlos bajo blusas amplias, terminan siendo el centro de atención de los vecinos del barrio. Mi esposo me quiere. Me lo demuestra cada mañana con un beso en la frente, con el café listo, con mensajes de “te extraño” cuando viaja. Es atento, paciente, y yo lo amo. O eso creía hasta que Angel entró en mi vida. Al principio me caía mal. Lo vi por prim...
Miguel A. Benitez Y.
Si se escribe, perdura.