Me llamo Bárbara. Tengo cuarenta y cuatro años, soy venezolana, y hasta hace muy poco creía que mi vida era un modelo de estabilidad y control. Soy la típica ama de casa estudiosa: leo ensayos, subrayo libros de historia y psicología, mantengo la casa impecable y cuido a mi hijo como si el mundo se detuviera en la puerta de su salón de tercer grado.
Mi cuerpo… bueno, mi cuerpo siempre ha sido un tema aparte. Soy gordita, de curvas amplias, caderas generosas y unos senos tan grandes que desde los dieciocho años han atraído miradas no deseadas. Ojos achinados, piel morena, pechos pesados que se mueven con cada paso y que, aunque trato de disimularlos bajo blusas amplias, terminan siendo el centro de atención de los vecinos del barrio.
Mi esposo me quiere. Me lo demuestra cada mañana con un beso en la frente, con el café listo, con mensajes de “te extraño” cuando viaja. Es atento, paciente, y yo lo amo. O eso creía hasta que Angel entró en mi vida.
Al principio me caía mal. Lo vi por primera vez en la reunión de padres del colegio. Alto, voz grave, sonrisa fácil, ese tipo de hombre que parece saber exactamente cómo mirar a una mujer sin que se note. Hablaba con las maestras con una seguridad que me irritó. Pensé: “Otro padre presumido que cree que puede conquistar a cualquiera”.
Cuando mi hijo mencionó que el hijo de Angel era su compañero de pupitre, sentí un rechazo instintivo. “No me interesa”, me dije. “No necesito problemas”.
Pero la atracción intelectual llegó primero, silenciosa, como un goteo. En las reuniones siguientes escuché sus comentarios sobre educación, sobre libros, sobre la forma en que los niños aprenden. Hablaba con una claridad que me obligaba a prestar atención.
Luego vino la mirada. Esas veces en que, al salir del colegio, nuestros ojos se cruzaban un segundo de más. Yo bajaba la vista, apretaba la correa del bolso y caminaba más rápido, sintiendo cómo el peso de mis senos se balanceaba bajo la blusa y cómo una molestia dulce se instalaba entre mis piernas sin que yo lo quisiera.
Hoy, mi esposo salió de viaje de trabajo. Dos noches fuera. Los niños en la escuela hasta las tres. Y yo… yo le escribí a Angel.
“¿Te apetece un café en casa? Podemos hablar de lo que comentaste el otro día sobre la lectura en casa.”
Él contestó en menos de un minuto: “Claro. ¿A qué hora?”
Lo esperé con el corazón latiéndome en la garganta. Me vestí con una blusa blanca de botones, un poco más ajustada de lo habitual, y una falda negra hasta la rodilla. El sujetador era el más firme que tenía, pero aún así mis senos se marcaban, pesados, redondos, casi obscenos bajo la tela fina. Me miré al espejo y pensé: “Bárbara, estás loca”. Pero no borré el mensaje.
Cuando sonó el timbre, el sonido me atravesó como una corriente. Abrí la puerta y allí estaba él. Camisa clara, pantalones oscuros, esa sonrisa que ya no me irritaba tanto. Entró. El aroma de su colonia se mezcló con el café que yo había preparado. Cerré la puerta y por un segundo el silencio de la casa se hizo denso.
—Pasa —dije, y mi voz sonó más baja de lo normal.
Lo llevé a la sala. Me senté en el sofá, él en el sillón de enfrente. Serví el café. Nuestras manos se rozaron al pasar la taza y sentí un calor que no tenía nada que ver con la bebida.
Empezamos a hablar de los niños, de los libros, de cómo a veces uno se siente solo incluso dentro de un matrimonio feliz. Él escuchaba. Realmente escuchaba. Yo hablaba más de la cuenta, y cada vez que reía, mis senos se movían y yo notaba cómo su mirada bajaba un segundo, apenas un parpadeo, y luego volvía a mis ojos.
—Tienes una forma muy particular de ver las cosas, Bárbara —dijo de pronto—. Inteligente. Y… distraes.
Sentí el calor subir a mi cuello.
—¿Distraigo?
—Sí. Desde el primer día. Pero al principio pensé que no te caía bien.
Sonreí, nerviosa.
—No me caías bien. Creí que eras… presumido.
—¿Y ahora?
—Ahora… no lo sé.
El silencio se alargó. Él dejó la taza sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante. Sus ojos oscuros no me dejaban escapar.
—Puedo irme si quieres —dijo suavemente—. O puedo quedarme y seguir hablando. Tú decides.
Yo debería haberle dicho que se fuera. En cambio, respondí:
—Quédate.
Se levantó y vino a sentarse a mi lado en el sofá. No demasiado cerca, pero lo suficiente para que el calor de su cuerpo me llegara. Seguimos hablando. De libros. De la soledad. De cómo a veces el cuerpo pide cosas que la mente aún no se atreve a nombrar.
Cada palabra mía salía más lenta, más cargada. Sentía mis pezones endurecerse contra el sujetador, una presión constante, casi dolorosa. La humedad ya estaba ahí, entre mis muslos, traicionera, caliente.
Angel se acercó un poco más.
—¿Puedo decirte algo sin que te enfades?
—Dilo.
—Desde que te vi, he pensado en cómo se sentirían esos senos en mis manos. Y en mi boca. No es solo físico. Es… la forma en que te mueves, la forma en que piensas. Todo junto.
El aire se me atascó en la garganta. Quise enfadarme. Quise levantarme y echarlo. Pero mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Mis pechos pesaban más, como si la sangre se hubiera concentrado ahí. Noté el roce de la tela contra mis pezones y un escalofrío me bajó por la espalda hasta el coño.
—No deberías decir eso —susurré.
—Lo sé. Pero lo digo igual.
Su mano se posó sobre el respaldo del sofá, cerca de mi hombro. No me tocó. Solo esperó. Yo respiraba más rápido. El olor de su colonia, el calor de su pierna a centímetros de la mía, la forma en que me miraba… todo conspiraba.
—Bárbara… —su voz era baja, casi un roce—. Si me dices que pare, paro. Si me dices que me vaya, me voy. Pero si no dices nada…
No dije nada.
Él se inclinó. Sus labios rozaron mi mejilla, apenas un soplo. Luego bajaron por mi cuello. Yo cerré los ojos. El primer contacto real fue el de su mano sobre mi cintura, firme, cálida. Me giró un poco hacia él. Sus dedos subieron por la tela de la blusa hasta el primer botón. Lo desabotonó con una lentitud deliberada. Luego el segundo. El tercero. El aire fresco de la sala tocó la piel de mi escote y sentí cómo mis senos, liberados un poco de la presión, se expandían hacia afuera.
—Dios… —murmuró él cuando la blusa se abrió lo suficiente.
Mi sujetador blanco se marcaba bajo la luz de la tarde. Los pechos se desbordaban por encima de las copas, pesados, temblando con cada respiración. Él bajó la mirada y yo sentí que me desnudaba solo con los ojos.
—Son… increíbles —dijo, y su voz sonó ronca.
Su mano subió. Primero rozó el borde del sujetador, apenas un dedo. Luego la palma se apoyó sobre la curva superior de mi seno izquierdo. El calor de su piel contra la mía me arrancó un gemido bajo. Apretó un poco, sintiendo el peso, la suavidad. Mis pezones ya estaban duros como piedras, rozando la tela interior. Cada roce enviaba una descarga directa al centro de mi cuerpo. Sentía el coño latir, húmedo, abierto, pidiendo más de lo que yo estaba dispuesta a admitir.
—Angel… —susurré, pero no era una protesta.
Él deslizó un dedo bajo el borde del sujetador y tiró suavemente hacia abajo. Mi seno izquierdo saltó libre, pesado, la piel tensa, el pezón oscuro y erecto apuntando hacia él. El aire frío lo endureció aún más. Yo contuve la respiración. Nunca me había tenido tan expuesta y tan deseada al mismo tiempo.
Él se inclinó. Su aliento caliente rozó la piel sensible. Primero besó la curva superior, suave, casi respetuoso. Luego bajó. Su lengua salió y, en un movimiento rápido, fugaz, casi furtivo, lamió el pezón. Una sola pasada húmeda, caliente, que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que no pude contener.
La sensación fue eléctrica: el contraste entre el aire frío y la humedad de su lengua, la presión suave de sus labios cerrándose un segundo alrededor del pezón, la succión mínima… y luego se separó.
Me miró a los ojos, la respiración agitada, los labios brillantes.
—Solo una vez —murmuró—. Por ahora.
Yo estaba temblando. El pezón izquierdo latía, húmedo, sensible al punto del dolor. El derecho seguía prisionero en el sujetador, hinchado, envidioso. Entre mis piernas la humedad se había desbordado; sentía el roce de la braga empapada contra los labios hinchados de mi coño. Quería que volviera a bajar la cabeza. Quería que me chupara de verdad, que me mordiera, que me abriera la falda y me metiera los dedos. Pero él solo se quedó mirándome, esperando.
Mi voz salió rota:
—No… no es suficiente.
Él sonrió, esa sonrisa peligrosa que al principio me había irritado tanto.
—Entonces dime qué quieres, Bárbara. Dímelo con palabras.
Me mordí el labio. El pecho izquierdo seguía expuesto, temblando con cada respiración. Él no lo tocaba. Solo esperaba. Y yo, la mujer estudiosa, la esposa fiel, la madre de un niño de tercer grado, sentí cómo la última resistencia se resquebrajaba.
—Quiero… que lo hagas otra vez. Más despacio. Y que no te detengas.
Él se inclinó de nuevo. Esta vez su lengua no fue fugaz. Dio un círculo lento alrededor del pezón, húmedo, caliente, y luego lo atrapó entre los labios y chupó con una presión deliciosa. Yo eché la cabeza hacia atrás, un gemido largo escapándoseme de la garganta.
Su mano libre subió al otro seno, aún cubierto, y lo apretó a través de la tela, encontrando el pezón y pellizcándolo con dos dedos. La doble sensación me hizo abrir las piernas sin darme cuenta. El coño latía, chorreando, y yo movía las caderas buscando un roce que no llegaba.
Angel soltó el pezón con un sonido húmedo y levantó la vista.
—Todavía tenemos tiempo —dijo, la voz grave—. Los niños no vuelven hasta las tres. Tu marido está lejos. Y yo… yo no tengo prisa.
Su mano bajó por mi vientre, rozó el borde de la falda y se detuvo ahí, esperando permiso. Yo lo miré. Mis ojos debían estar vidriosos, mis labios entreabiertos, el seno izquierdo brillante de saliva, el pezón hinchado y rojo.
—Sí —susurré—. Sí, Angel. Toca.
Sus dedos se deslizaron bajo la falda, subieron por la parte interna del muslo y encontraron la braga empapada. El roce de la tela mojada contra su piel le arrancó un sonido gutural. Apartó la tela y un dedo se deslizó entre mis labios hinchados, encontrando el clítoris hinchado y resbaladizo. Dio un círculo lento. Yo grité bajito. El orgasmo ya se estaba formando, demasiado rápido, demasiado intenso.
Él volvió a bajar la cabeza a mi seno y chupó con más fuerza mientras su dedo entraba en mí, lento, profundo. El contraste de sensaciones —la succión en el pezón, el dedo abriéndome, el calor de su cuerpo contra el mío— me hizo perder el control. Me agarré a su hombro, las uñas clavándose en la tela de su camisa, y empujé las caderas contra su mano.
—Más… —pedí, sin vergüenza ya—. Por favor, más.
Él añadió un segundo dedo. Me folló con ellos mientras su lengua trabajaba el pezón, mientras su otra mano apretaba el seno derecho a través del sujetador. El sonido de mis jugos, el olor a sexo que empezaba a llenar la sala, el peso de mis pechos liberados… todo era demasiado.
Sentí el orgasmo subir como una ola. Mis paredes se contrajeron alrededor de sus dedos, mi clítoris lateó bajo su pulgar, y grité su nombre mientras el placer me sacudía. Larga, intensa, la primera vez en años que un orgasmo me dejaba temblando de verdad.
Cuando bajó la intensidad, él retiró los dedos lentamente, los llevó a su boca y los lamió, mirándome a los ojos. Luego se inclinó y besó el pezón que acababa de chupar, una caricia suave, casi tierna.
—Esto es solo el principio, Bárbara —murmuró contra mi piel—. Todavía no he terminado contigo. Y tú… tú tampoco has terminado conmigo.
Me quedé ahí, medio desnuda, el seno izquierdo expuesto y brillante, la falda subida, las piernas abiertas, el coño aún palpitando. Él se sentó de nuevo a mi lado, pasó un brazo por mis hombros y me atrajo contra su pecho. Su erección se marcaba claramente contra el pantalón, dura, exigente. Yo la sentí contra mi cadera y un nuevo calor me invadió.
—¿Qué… qué vamos a hacer ahora? —pregunté, la voz ronca.
Él besó mi frente, luego mi mejilla, luego el borde de mi boca.
—Ahora vamos a hablar un poco más. Y después… después voy a quitarte el resto de la ropa. Voy a chupar el otro seno hasta que grites. Y luego voy a probar ese coño mojado que acaba de correrse en mis dedos. ¿Te parece bien?
Yo cerré los ojos. El sabor de la traición era dulce y amargo a la vez. El peso de mis senos, el latido entre mis piernas, la forma en que su voz me atravesaba…
—Sí —respondí—. Me parece bien.
Él sonrió contra mi piel.
—Entonces abre un poco más las piernas, Bárbara. Y cuéntame… ¿cuánto tiempo llevas deseando que alguien te mire como yo te estoy mirando ahora?
No respondí con palabras. En su lugar, tomé su mano y la guié de nuevo hacia mi pecho, colocándola sobre el seno derecho aún cubierto. Él entendió. Desabrochó el sujetador con una sola mano, lo bajó, y mis dos senos quedaron libres, pesados, temblando, los pezones duros y oscuros. Él soltó un suspiro profundo.
—Mierda… —murmuró—. Son perfectos. Demasiado grandes. Demasiado suaves. Voy a pasar la tarde entera con ellos.
Se inclinó y esta vez no fue una lamida fugaz. Abrió la boca y tomó el pezón derecho, chupando con fuerza, mientras su mano apretaba el izquierdo, pellizcando, amasando. Yo arqueé la espalda, ofreciéndole más. El placer volvía a subir, más lento esta vez, más profundo.
Entre mis piernas el coño seguía abierto, chorreando sobre el sofá. Él lo sabía. Cada tanto bajaba una mano, me tocaba, me separaba los labios, me frotaba el clítoris con dos dedos húmedos, y luego volvía a mis pechos como si no pudiera decidir cuál de mis partes le gustaba más.
El tiempo se diluyó. Solo existía su boca, sus manos, el sonido de migemidos y el olor a sexo que llenaba la sala. En algún momento me empujó suavemente hasta que quedé recostada en el sofá. Él se arrodilló entre mis piernas, me subió la falda hasta la cintura, me bajó la braga empapada y la dejó caer al suelo. Me miró abierta, expuesta, el coño hinchado y brillante.
—Hermoso —dijo. Y entonces bajó la cabeza.
La primera pasada de su lengua por mi ranura me hizo gritar. Lenta, desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo todo el jugo. Luego se concentró en el botón hinchado, chupando, lamiendo, dibujando círculos mientras dos dedos entraban en mí otra vez.
Yo me agarré a su pelo, empujándolo más contra mí, moviendo las caderas contra su boca. El segundo orgasmo llegó más fuerte que el primero. Me sacudió desde el centro hacia afuera, las piernas temblando, la voz rota gritando su nombre una y otra vez.
Cuando terminó, él se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró desde arriba. Su erección empujaba el pantalón de forma obscena. Yo extendí la mano, toqué el bulto a través de la tela, sentí el calor y la dureza. Él jadeó.
—Todavía no —dijo, aunque su voz temblaba—. Primero quiero que me digas una cosa.
—¿Qué?
—Que esto no es un error. Que quieres que me quede. Que quieres que te folle aquí, en el sofá de tu casa, mientras tu marido está lejos y tus hijos están en la escuela.
Lo miré. Mis senos al aire, el coño abierto y chorreando, el cuerpo aún temblando del segundo orgasmo. La confesión que había empezado como un relato controlado se había convertido en algo mucho más peligroso.
—No es un error —dije, clara—. Quédate. Fóllame. Ahora.
Él sonrió, esa sonrisa que al principio me había caído tan mal y que ahora me hacía derretir. Se desabrochó el cinturón con una lentitud deliberada. El sonido del metal contra el metal resonó en la sala silenciosa. Bajó la cremallera. Su polla saltó libre, gruesa, dura, la cabeza ya brillante de precum. Yo tragué saliva.
—Ven aquí —ordenó suavemente.
Me incorporé. Él se sentó en el sofá y me atrajo hasta que quedé a horcajadas sobre sus muslos. Mis senos pesados colgaban frente a su cara. Él los tomó con ambas manos, los apretó juntos, y chupó un pezón y luego el otro, alternando, mientras yo frotaba mi coño abierto contra el eje caliente de su polla. El roce era delicioso, resbaladizo, tortuoso.
—Métela —supliqué.
Él levantó las caderas un poco. Yo alcancé hacia abajo, tomé su polla, la guié hasta mi entrada. La cabeza empujó, se abrió paso, y poco a poco fui bajando, sintiendo cómo me estiraba, cómo me llenaba centímetro a centímetro. Cuando estuve completamente sentada sobre él, ambos gemimos.
Él se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrarme, mientras sus manos seguían amasando mis senos, pellizcando los pezones, tirando de ellos con una presión perfecta.
—Muévete, Bárbara —dijo contra mi pecho—. Fóllate tú misma con mi polla.
Obedecí. Empecé a subir y bajar, lenta al principio, luego más rápido. Mis senos rebotaban frente a su cara; él los atrapaba con la boca cada vez que podía, chupando, mordiendo suavemente.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, el chapoteo de mi coño alrededor de su polla, mis gemidos cada vez más altos… todo llenaba la casa. Él me agarró de las caderas y empezó a empujar hacia arriba, encontrándome en cada bajada, más profundo, más fuerte.
El tercer orgasmo me tomó por sorpresa. Se construyó desde el fondo, una presión que creció hasta que explotó. Me contraje alrededor de él, gritando, temblando, los senos sacudiéndose. Él no se detuvo. Me folló a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que yo casi no podía respirar.
Cuando bajé, él me levantó suavemente, me puso de espaldas en el sofá y se colocó entre mis piernas. Me miró un segundo, la polla brillante de mis jugos, y entonces empujó dentro en un solo movimiento. Empezó a follarme de verdad.
Largas embestidas profundas, el sonido húmedo de cada entrada, sus manos agarrando mis senos, apretándolos, usándolos como asas. Yo enredé las piernas alrededor de su cintura y lo empujé más adentro.
—Así… —jadeé—. Más fuerte.
Él obedeció. El ritmo se volvió salvaje. El sofá crujía. Mis senos rebotaban con cada embestida. Él bajó la cabeza y chupó un pezón mientras me follaba, y el contraste de la succión y la penetración me mandó directo a un cuarto orgasmo.
Esta vez grité su nombre tan alto que me asusté de que los vecinos pudieran oír. Él aceleró, las embestidas más cortas, más urgentes, y de pronto se tensó.
—Voy a correrme… —advirtió.
—Dentro —dije, sin pensarlo—. Quiero sentirte.
Él empujó una última vez, profundo, y se corrió con un gemido largo y gutural. Sentí el calor de su semen llenándome, latido tras latido. Me sostuvo así un momento, todavía dentro, respirando agitadamente contra mi cuello.
Después se retiró con cuidado. El semen empezó a salir de mí, caliente, espeso, manchando el sofá. Él se sentó a mi lado, me atrajo contra su pecho y besó mi frente.
—Esto no se queda aquí, Bárbara —murmuró—. Sabes que no.
Yo cerré los ojos, sintiendo el peso de mis senos contra su torso, el latido lento de mi coño aún lleno de él, el olor a sexo que impregnaba la sala. Afuera, el barrio seguía su vida normal. Dentro, yo había cruzado una línea que no sabía si podría —o si quería— volver a cruzar hacia atrás.
—Los niños vuelven en una hora —dije en voz baja.
Él acarició mi espalda desnuda.
—Entonces tenemos una hora. Y después… después hablamos de cómo vamos a seguir esto.
Me miró. Sus ojos ya no eran solo de deseo. Había algo más. Algo que me asustaba y me excitaba a partes iguales.
—Angel…
—Shhh. Descansa un poco. Luego quiero probarte otra vez. Más despacio. Quiero que me cuentes exactamente qué sientes cuando te chupo los pechos. Quiero que me digas en voz alta lo que nunca le has dicho a nadie.
Me acurruqué contra él, el cuerpo aún sensible, los pezones hinchados y húmedos, el coño goteando su semen sobre el sofá de mi propia casa. Y por primera vez en mucho tiempo, no pensé en el libro que tenía a medias, ni en la cena, ni en el marido que volvería en dos días.
Solo pensé en la próxima vez que su lengua volviera a tocarme.
Y en que esta confesión… apenas estaba empezando.

Comentarios