Todavía siento el olor a flores marchitas y a perfume barato de la fiesta cuando cierro los ojos. El salón de eventos olía a pastel de vainilla, a sudor de adolescentes bailando demasiado cerca y a ese alcohol barato que los adultos bebían a escondidas detrás de las mesas. Yo tenía treinta y un años y me sentía fuera de lugar entre tanto lazo rosa y tanto grito de “¡que viva la quinceañera!”. Mi madrina me había pedido que ayudara con los detalles. Yo solo quería irme a casa, quitarme el vestido negro que me apretaba las caderas y meterme en la cama con un libro. Pero él estaba allí. Mi padrino. Cincuenta años. Cabello salpicado de canas, manos grandes que siempre olían a colonia amaderada y a cigarrillo apagado. Desde que yo era niña me decía “mi niña” con esa voz grave que me hacía sentir rara en el pecho. Esa noche, después de que cortaran el pastel y los adolescentes se dispersaran a bailar reggaetón, él se acercó por detrás mientras yo recogía vasos de plástico. Su aliento ca...
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