Perla se miró al espejo del baño de la oficina y se detuvo. Treinta y ocho años. Piel morena de Venezuela, cabello castaño oscuro recogido en un moño que intentaba ser discreto, labios carnosos que a veces se mordía sin darse cuenta. Bajo la blusa blanca de botones, los pechos pesados se marcaban apenas. Era estudiosa, rigurosa, la que llegaba temprana y se iba tarde. Y era religiosa. Muy religiosa. Cada domingo en misa, cada noche de rodillas rezando el rosario, cada vez que el deseo la tocaba, el mismo nudo de culpa en el pecho. Hacía casi un año del error. Una noche de vino y confidencias con Andrés, el mejor amigo de su pareja. Una noche en la que la lengua de Andrés había recorrido su cuello, sus pezones duros, el pliegue húmedo entre sus piernas hasta hacerla correrse con un gemido ahogado contra la almohada. Después, el silencio. La vergüenza. El rezo. Había vuelto a la iglesia con más fuerza, como si el arrepentimiento pudiera borrar el sabor de aquella boca en su vagina. Pero ...
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