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Perla: La religiosa venezolana que casi se entregó otra vez (Capítulo 1)


Perla se miró al espejo del baño de la oficina y se detuvo. Treinta y ocho años. Piel morena de Venezuela, cabello castaño oscuro recogido en un moño que intentaba ser discreto, labios carnosos que a veces se mordía sin darse cuenta. Bajo la blusa blanca de botones, los pechos pesados se marcaban apenas. Era estudiosa, rigurosa, la que llegaba temprana y se iba tarde. Y era religiosa. Muy religiosa. Cada domingo en misa, cada noche de rodillas rezando el rosario, cada vez que el deseo la tocaba, el mismo nudo de culpa en el pecho.

Hacía casi un año del error. Una noche de vino y confidencias con Andrés, el mejor amigo de su pareja. Una noche en la que la lengua de Andrés había recorrido su cuello, sus pezones duros, el pliegue húmedo entre sus piernas hasta hacerla correrse con un gemido ahogado contra la almohada. Después, el silencio. La vergüenza. El rezo. Había vuelto a la iglesia con más fuerza, como si el arrepentimiento pudiera borrar el sabor de aquella boca en su vagina. Pero el cuerpo no olvidaba. A veces, al ducharse, los dedos se le deslizaban solos entre los labios hinchados y se corría en silencio, mordiéndose el labio hasta sangrar un poco, pidiendo perdón en voz baja mientras el orgasmo la sacudía.

Esa tarde, Roberto apareció.

No era el primero que la miraba. Alto, de hombros anchos, voz grave, la sonrisa lenta de quien sabe exactamente lo que quiere. Trabajaban en el mismo piso. Él le había dejado un café en su escritorio dos veces. Hoy, cuando la mayoría se había ido, se acercó a su cubículo.

—Perla. ¿Tienes un momento? Necesito que me revises un informe antes de mañana.

Ella levantó la vista. El corazón le dio un vuelco traicionero. Asintió. Lo siguió a la sala de juntas vacía. La puerta se cerró con un clic suave. Solo quedaban ellos, el olor a café frío y el aire acondicionado.

Roberto se sentó al borde de la mesa, frente a ella. No abrió ningún archivo. La miró.

—Llevas semanas evitándome —dijo, voz baja—. Y yo no puedo dejar de pensar en cómo se te pone la boca cuando estás concentrada.

Perla sintió el calor subir por el cuello. El rosario en el bolsillo de la falda le pesaba como un recordatorio.

—Roberto… no. Yo soy… estoy comprometida. Y soy creyente.

Él se inclinó un poco. Su rodilla rozó la de ella. El contacto fue mínimo, pero el temblor le recorrió los muslos hasta el centro.

—Lo sé. Y aun así estás aquí, con las piernas apretadas. ¿Sientes cómo se te humedece solo de que te mire?

Perla cerró los ojos un segundo. Sí. Lo sentía. El roce de la ropa interior de algodón contra los labios ya hinchados, el latido lento y traicionero en el clítoris. La culpa llegó como una oleada caliente: el recuerdo de Andrés, la confesión incompleta, las noches de rodillas pidiendo que el deseo se apagara. Pero el deseo no se apagaba. Creció.

Roberto se levantó. Caminó alrededor de la mesa hasta quedar detrás de ella. Sus manos grandes se posaron en los hombros de Perla, sobre la blusa. Los pulgares dibujaron círculos lentos cerca del cuello.

—Dime que pares y paro —susurró cerca de su oreja—. Pero tu respiración ya cambió.

Ella no dijo nada. Solo inclinó la cabeza un milímetro hacia atrás. Roberto bajó una mano por el brazo, luego por el costado, hasta la cintura. La otra subió al cuello, deshaciendo el primer botón de la blusa con una destreza que la hizo estremecer. El aire frío rozó la piel del escote. El segundo botón. El tercero. El sostén de encaje negro asomó, empujando los pechos pesados hacia arriba.

—Dios mío… —murmuró él, y la voz le tembló un poco.

Perla sintió los pezones endurecerse al instante, rozando la tela. Roberto deslizó los dedos por encima del encaje, rozando apenas las puntas. Ella soltó un gemido corto, ahogado. Él apretó un poco más, pellizcando suavemente a través de la tela. El dolor dulce le bajó directo al vientre. Los jugos ya le empapaban la entrepierna; podía sentirlo, cálido y resbaladizo.

—Estás mojada —dijo él, y la mano libre bajó por la falda, subiendo la tela por el muslo interior—. Déjame comprobarlo.

Perla abrió las piernas un poco. Solo un poco. Suficiente. Los dedos de Roberto encontraron el algodón empapado, lo presionaron contra los labios hinchados. Ella arqueó la espalda. Él corrió la tela a un lado y tocó la carne desnuda: caliente, resbaladiza, abierta. Dos dedos se deslizaron entre los labios, recogiendo la humedad, y subieron al clítoris hinchado. Círculos lentos, precisos.

—Ay… —el sonido le salió de la garganta sin permiso.

Roberto besó su cuello, mordisqueó el lóbulo de la oreja mientras los dedos seguían el ritmo. La otra mano entró bajo el sostén, tomó el pecho pesado, amasó la carne, pellizcó el pezón duro hasta que Perla soltó un gemido más largo. El olor a su propia excitación llenó el aire cerrado de la sala. Cada roce le recordaba a Andrés, a la culpa, a las oraciones que no habían servido de nada. Y aun así abría más las piernas.

Él bajó la cremallera de su pantalón con una mano. El sonido metálico la hizo abrir los ojos. Roberto se puso frente a ella, entre sus muslos abiertos. Su erección pesada y gruesa se rozó contra el muslo interior de Perla, caliente, venosa, dejando un rastro brillante de líquido preseminal en la piel.

—Mira cómo me tienes —dijo, voz ronca—. Solo con tocarte. Quiero metértela. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor mío mientras rezas por perdón.

Perla miró hacia abajo. El glande oscuro, brillante, rozaba ya los labios hinchados. Él lo deslizó arriba y abajo, untándola con su propio deseo, empujando apenas la punta contra la entrada húmeda. El calor, la presión, la promesa. Ella sintió el cuerpo abrirse solo, los músculos internos contrayéndose en anticipación. Un poco más y entraría. Un poco más y sería otro pecado, otra noche de rodillas, otro secreto.

La mano de Roberto sujetó su cadera. La otra guió el miembro, presionando. La cabeza gruesa empezó a abrirla, estirándola, el dolor dulce mezclado con el placer que le subía por la espalda. Perla jadeó. Casi. Casi dentro.

Entonces el teléfono de ella vibró sobre la mesa.

El nombre de su pareja en la pantalla.

Roberto se detuvo. El glande aún medio metido, pulsando. Perla temblaba. El rosario en el bolsillo le quemaba la pierna. El deseo le gritaba que se inclinara, que lo tomara todo, que se corriera con él adentro. La culpa le gritaba más fuerte.

Ella cerró las piernas de golpe, empujándolo fuera. El aire frío le golpeó la carne expuesta y sensible. Se abrochó la blusa con dedos temblorosos, el sostén todavía desordenado, los pezones marcados contra la tela.

—No… no puedo. No otra vez.

Roberto respiraba agitado. Se acomodó la erección aún dura dentro del pantalón, la mirada oscura, paciente y peligrosa.

—Esta vez no fue “otra vez”, Perla. Esta vez casi fue mía. Y la próxima… —se inclinó, le besó la comisura de los labios, saboreando el gemido que ella no pudo contener—… no te voy a dejar parar.

Salió de la sala. La puerta se cerró.

Perla se quedó sola, con las piernas temblando, la ropa interior empapada pegada a la piel, el clítoris latendo, la entrada aún abierta y resbaladiza por lo que casi había pasado. Se tocó entre las piernas con dos dedos, solo un segundo, y se corrió en silencio, mordiéndose la mano, con el nombre de Roberto en la mente y el de Dios en los labios.

Cuando pudo levantarse, el espejo del baño le devolvió la misma cara de siempre. Solo que ahora los ojos estaban más oscuros. Y más hambre.

Esa noche, de rodillas junto a la cama, el rosario entre los dedos, Perla rezó. Pero entre cada Avemaría, el cuerpo aún recordaba la presión de aquel glande a punto de entrar. Y sabía, con una certeza que la aterraba y la excitaba a partes iguales, que Roberto no se iba a detener.

Y que ella, tal vez, tampoco.

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