El segundo día amaneció con un cielo grisáceo que anunciaba lluvia, pero dentro de mi cuerpo el calor era ya una fiebre constante. No había dormido casi nada. Cada vez que cerraba los ojos veía el rubor de Lucía, la forma en que su pecho se agitaba cuando mi aliento le rozaba el cuello, el brillo de saliva en ese labio inferior que mi pulgar había rozado. Me había tocado dos veces más durante la noche, siempre imaginando que eran sus dedos los que me abrían, sus labios los que me chupaban el clítoris hinchado hasta hacerme arquear la espalda.
A las cinco de la tarde ya estaba lista. Esta vez elegí algo más deliberado: un vestido de seda negra que se ceñía al cuerpo y se abría un poco en el pecho, lo suficiente para que se adivinara el comienzo de mis pechos pesados y maduros. Sin sujetador. Sin bragas. Solo la tela fina rozándome los pezones y el coño ya húmedo. El pelo suelto, el maquillaje mínimo, solo un poco de brillo en los labios. Quería que me oliera. Que me sintiera.
Cuando tocó a la puerta, mi corazón dio un vuelco. Abrí. Lucía estaba allí, con el pelo recogido en una coleta alta que dejaba el cuello desnudo, una camiseta gris un poco holgada y unos leggins negros que se pegaban a sus muslos como una segunda piel. Traía la mochila llena de apuntes y una expresión que mezclaba nerviosismo y algo más… algo que yo reconocí de inmediato: curiosidad. Deseo todavía sin nombre.
—Pasa —le dije, y esta vez no me contuve. Al cerrar la puerta puse la mano en la parte baja de su espalda y la guié hacia dentro, dejando que mis dedos se demoraran un segundo de más sobre la curva de su cadera.
Se sentó en el mismo sitio de ayer. Yo me senté a su lado, aún más cerca. Nuestros muslos se tocaron desde el primer momento. El calor de su cuerpo se transmitió a través de la tela y me hizo cerrar los ojos un segundo.
—Hoy vamos a hablar de los enlaces covalentes —empecé, abriendo el cuaderno—. Dos átomos que comparten electrones. Que se unen porque se necesitan. Porque la atracción es más fuerte que cualquier fuerza que intente separarlos.
Mientras hablaba, dejé que mi rodilla se presionara contra la suya. Ella no se apartó. Al contrario: se quedó muy quieta, respirando un poco más rápido.
Le expliqué. Dibujé. Pero cada explicación era una caricia disfrazada. Cuando hablé de la polaridad, me incliné hacia ella y le susurré al oído:
—Algunas moléculas tienen un lado positivo y un lado negativo… se atraen. Se buscan. No pueden evitarlo.
Mi mano bajó hasta su muslo. Primero solo el dorso de los dedos, rozando la tela de los leggins. Luego la palma entera, posándose con firmeza a mitad del muslo. Ella dio un pequeño respingo, pero no dijo nada. Solo se mordió el labio inferior.
Seguí hablando de orbitales y de compartición de electrones mientras mi mano subía milímetro a milímetro. El calor de su piel se filtraba a través de la tela. Cuando llegué casi a la ingle, noté que abría un poco las piernas. Un gesto mínimo. Involuntario. Delicioso.
—Lucía… —dije su nombre con voz baja—. Estás tensa otra vez. Eso no ayuda.
Me levanté. Me puse detrás de ella. Mis pechos rozaron su espalda. Sin sujetador, los pezones duros se marcaron contra la tela de su camiseta. Puse las manos en sus hombros y empecé a masajear, esta vez con más intención. Los pulgares presionaban los músculos mientras mis pechos se aplastaban suavemente contra ella.
—Respira —le ordené suavemente—. Deja que el cuerpo se relaje.
Ella obedeció. Su respiración se hizo más profunda. Yo aproveché para bajar las manos por sus brazos, rozando la piel desnuda, y luego volver a subir por debajo de las mangas de la camiseta, acariciando el interior de sus brazos. Cuando mis dedos rozaron el lateral de sus pechos, ella soltó un suspiro casi inaudible.
—Camila… —susurró.
—Shhh. Solo estoy ayudándote a concentrarte. El cuerpo y la mente están conectados. Si el cuerpo está tenso, la mente no retiene nada.
Mis manos bajaron hasta su cintura. Me incliné más. Mis labios rozaron la piel de su cuello, justo detrás de la oreja.
—¿Sientes cómo se mueven los electrones cuando dos cuerpos se acercan demasiado? —susurré contra su piel—. Se agitan. Se buscan. Quieren unirse.
Ella tembló. Noté el temblor recorrerla entera. Mi coño latía con fuerza. El flujo ya me resbalaba por el interior de los muslos.
Me moví. Me arrodillé a su lado, de modo que mi rostro quedara a la altura de su pecho. Tomé su mano y la guié hasta uno de mis pechos.
—Toca —le dije—. Siente.
Sus dedos, temblorosos e inexpertos, se posaron sobre la seda. A través de la tela sintió la dureza de mi pezón. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Está… duro —murmuró, casi sin voz.
—Por ti —respondí sin rodeos—. Desde que te vi por primera vez. Cada vez que te miro, mi cuerpo reacciona así. Como una reacción química que no se puede detener.
La animé a apretar un poco. Ella lo hizo, tímida, y yo gemí bajito. El sonido la hizo soltar un jadeo.
—Ahora tú —dije. Levanté la camiseta suya con lentitud, dejando al descubierto su vientre plano y luego el sujetador blanco, sencillo, de chica. Lo desabroché por delante. Sus pechos saltaron libres: pequeños, firmes, con pezones rosados y erectos que pedían a gritos ser chupados.
No me contuve. Me incliné y cerré los labios alrededor de uno de ellos. La chupé con lentitud, saboreando la piel suave, el sabor a jabón y a juventud. Ella soltó un gemido agudo y se arqueó hacia mi boca. Mis dedos jugaron con el otro pezón, pellizcándolo suavemente mientras mi lengua daba vueltas alrededor del que tenía en la boca.
—Camila… Dios… —jadeó.
Seguí. Chupé, mordisqueé con delicadeza, dejé que mi saliva brillara sobre su piel. Mi mano libre bajó por su vientre y se metió bajo el elástico de los leggins. Encontré el algodón de su braga ya empapado. La froté por fuera, con el talón de la mano, presionando el montículo hinchado.
Ella abrió más las piernas. Un gesto automático. Hermoso.
—Estás mojada —susurré contra su pecho—. Tan mojada… ¿Ves? Tu cuerpo ya entiende la química mejor que tu mente.
Corrí la braga a un lado. Mis dedos tocaron por fin su coño desnudo: liso, caliente, resbaladizo. El clítoris estaba hinchado, duro bajo el capuchón. Lo rodeé con el pulgar en círculos lentos mientras un dedo se deslizaba entre sus labios y presionaba la entrada.
—Respira —le ordené—. No cierres las piernas.
Introduje el dedo con cuidado. Estaba estrecha. Virgen, casi seguro. El pensamiento me hizo gemir contra su pecho. La follé con el dedo despacio, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, cómo el flujo me empapaba la mano. Añadí un segundo dedo cuando noté que se relajaba un poco. Ella jadeaba, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Mira —le dije. Saqué los dedos y se los llevé a los labios—. Prueba.
Ella abrió los ojos. Vaciló un segundo. Luego sacó la lengua y lamió mis dedos, probando su propio sabor mezclado con el mío. El gesto fue tan erótico que casi me corro ahí mismo.
—Buen chica —susurré. Volví a meterle los dedos. Esta vez más profundo. Más rápido. Mi pulgar no dejaba de frotar su clítoris.
La otra mano se metió bajo mi vestido. Empecé a tocarme a mí misma mientras la penetraba con los dedos. El sonido húmedo de sus jugos llenaba el salón. El olor a sexo era espeso, embriagador.
—Vas a correrte —le dije contra su oído—. Vas a correrte en mis dedos y vas a decir mi nombre cuando lo hagas.
Ella negó con la cabeza, pero su cuerpo traicionaba cada negativa. Las caderas se movían solas, buscando más presión. Los pezones, rojos y brillantes de saliva, pedían más atención. Volví a chupar uno mientras aceleraba el ritmo de los dedos.
—Camila… Camila… no puedo… —jadeó.
—Sí puedes. Déjate ir.
La sentí apretarse alrededor de mis dedos. Un espasmo. Luego otro. Su coño empezó a contraerse con fuerza, succionando mis dedos mientras un gemido largo y roto le salía de la garganta. Se corrió. Se corrió temblando, con los ojos húmedos, el cuerpo entero sacudido por olas de placer que ella nunca había sentido así.
La sostuve mientras bajaba. Saqué los dedos con lentitud y me los llevé a la boca, lamiéndolos con deleite delante de sus ojos.
—Sabes dulce —dije—. Como pensaba.
Ella respiraba agitada, con las piernas todavía abiertas, el coño expuesto y brillante, los pechos al aire. Me miró con una mezcla de vergüenza, asombro y hambre.
Me levanté. Me subí el vestido hasta la cintura, dejando mi coño al descubierto. Me senté en el borde de la mesa, frente a ella, y abrí las piernas.
—Ahora te toca a ti aprender —dije—. Acércate. Usa la boca. Como te he enseñado con los dedos. Lento al principio. Después más profundo.
Lucía se quedó mirándome. El rubor le cubría hasta el pecho. Pero se movió. Se arrodilló entre mis piernas. El aliento caliente me rozó el clítoris y me hizo soltar un gemido gutural.
—Así… —susurré, tomando su coleta con una mano—. Abre la boca. Saca la lengua.
Su lengua, tímida e inexperta, tocó mi clítoris. El contacto fue eléctrico. Me arqueé. Presioné su cabeza un poco más contra mí.
—Más. Chupa. Como si fuera un caramelo que se te derrite en la lengua.
Ella obedeció. Empezó a lamer, a chupar, a explorar. Sus manos se aferraron a mis muslos. El sonido húmedo de su boca trabajando mi coño llenó la habitación. Yo gemía sin control, moviendo las caderas contra su cara, follándome su boca con movimientos cortos y precisos.
—Eso es… más profundo… mete la lengua dentro…
Sentí su lengua entrar en mí. La estrechez de su boca. El calor. El sonido obsceno de mis jugos contra su cara. Me toqué los pechos, pellizcando los pezones mientras ella me comía con una dedicación que solo una alumna aplicada puede tener.
El orgasmo me llegó como una explosión. Me corrí en su boca, con las piernas temblando, apretando su cabeza contra mi coño mientras le ordenaba que no parara, que se tragara todo. Ella lo hizo. Tragó. Lamió. Limpió cada gota con la lengua hasta que me quité de encima, temblando.
La levanté. La besé. Profundo. Por primera vez. Saboreé mi propio sabor en su boca. Su lengua se enredó con la mía, todavía torpe, todavía aprendiendo.
Cuando nos separamos, le acaricié la mejilla.
—Mañana —susurré—. Mañana vamos a estudiar reacciones de oxidación-reducción. Y esta vez… vas a estar desnuda desde el principio. Quiero ver cómo se pone tu piel cuando te explico cómo se transfieren los electrones… de mi cuerpo al tuyo.
Ella asintió, todavía jadeante, con los labios hinchados y brillantes, los ojos vidriosos de placer.
—Sí… profesora.
La palabra me recorrió la columna como una descarga.
La acompañé a la puerta. Antes de que saliera, le di un último beso en el cuello y le susurré al oído:
—Y Lucía… deja la braga en casa. No la vas a necesitar.
Cuando cerré la puerta, me apoyé contra ella y sonreí.
Mañana. Mañana la iba a follar de verdad.
Y ella ya estaba lista para aprender.

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