Dichoso entre pocos, casi bendito por el azar,
he sido de los que alcanzan a entrever
el secreto que la seda no logra ocultar del todo:
dos sombras redondas, oscuras, erguidas,
que se dibujan translúcidas bajo la tela fina
como si la luz las hubiera traicionado
y las hubiera entregado al deseo de mis ojos.
La tela se pega, se humedece apenas,
se vuelve segunda piel que delata
el relieve exacto de lo que late debajo,
dos puntas duras que empujan contra el velo
y marcan su territorio sin pedir permiso,
insolentes, orgullosas, sabiendo que las miro
y que no puedo apartar la vista.
No es para cualquiera este privilegio callado:
ver cómo la tela se rinde al contorno
y deja que la carne se anuncie sin desnudarse,
cómo la humedad del aire las hace más visibles,
cómo tiemblan levemente con cada respiración
y me llaman sin voz, me tientan sin tocarme.
Otros pasarán ciegos, rozarán telas sin entender
el mapa que se traza en esa transparencia traidora,
pero yo ya llevo grabado el relieve prohibido,
la promesa húmeda que la luz desnuda
y que la tela apenas contiene.
Guarda aún un poco el aliento,
mantén esa última barrera de seda entre nosotros.
Porque cuando por fin caiga,
te juro que esas puntas que hoy se adivinan
las voy a saborear despacio,
con lengua caliente y sin prisa,
hasta que la tela sea solo un recuerdo
y tu piel entera se arquee
rogando que no pare nunca.

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