Catalina había comenzado su primer día en la oficina de Javier con la cabeza llena de expectativas y una mezcla de nerviosismo. Tenía 19 años, la energía de la juventud a flor de piel, y soñaba con hacer su marca en el mundo corporativo. Javier, su jefe, un hombre de 45 años con una mirada firme y una presencia que imponía respeto, parecía ser la clase de persona que no perdonaba errores. Desde el primer momento, él dejó claro que no toleraba distracciones.
Los días pasaron, y la relación entre ellos comenzó con una tensión palpable. Javier era estricto, riguroso, exigente. Catalina, que quería destacar, sentía que sus esfuerzos nunca eran suficientes. Lo que al principio parecía una relación profesional se fue tornando en algo más complejo.
—Catalina, ¿te das cuenta de que no entregaste ese informe a tiempo?—dijo Javier un día, con su tono seco, mirando los papeles sobre su escritorio. La forma en que la miraba parecía calarla hasta los huesos. Esto no es un juego. Estás en una oficina, no en un parque de diversiones.
Catalina intentó contener la frustración que sentía. La miraba siempre con ese aire de superioridad que la hacía sentir pequeña.
—No me estás dejando espacio para aprender.—respondió Catalina, casi con rabia contenida. Solo quiero hacer las cosas bien, pero no sé cómo hacerlo si no me das oportunidad.
Javier la observó en silencio por unos segundos, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego, suspiró con desdén.
—¿Quieres espacio? Lo que necesitas es disciplina.—dijo, su tono helado y cortante. Lo que haces no es suficiente. Necesitas cambiar tu enfoque.
El ambiente en la oficina se cargó de incomodidad. Catalina, herida pero decidida a demostrarle que podía ser capaz, siguió adelante, pero la relación entre ellos no mejoró. Cada día sentía más la presión de sus críticas, pero también su creciente atracción hacia él. Algo dentro de ella despertaba cuando lo veía tan decidido, tan imponente. Sin embargo, las discusiones no cesaron. La dinámica entre ambos era como una cuerda tensada a punto de romperse.
Un día, después de otra reunión especialmente tensa, Javier la citó en su oficina.
—Catalina, ven aquí.—dijo con voz firme. ¿Por qué sigues con esa actitud tan rebelde? Te estoy dando instrucciones claras y no las sigues.
—No soy una niña.—respondió Catalina, manteniendo la postura. Puedo hacer las cosas por mí misma. Estoy aprendiendo, ¿y sabes qué? No me gusta que me trates como si no supiera nada.
La tensión entre ellos era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Javier dio un paso hacia ella, sus ojos fijos en los de ella, como si quisiera llegar al fondo de su alma.
—Te estoy dando una oportunidad.—dijo, su voz ahora más baja, más grave. No tienes ni idea de lo que se necesita para triunfar aquí.
Catalina sentía la incomodidad en su estómago, pero al mismo tiempo una extraña corriente de atracción. El silencio entre ellos se hizo insoportable. Al final, Javier se apartó y, casi con desgana, dijo:
—Vete a casa, Catalina. Ya hemos terminado por hoy.
Los días pasaron, pero algo había cambiado en ellos. Cada conversación, cada interacción, se cargaba de algo más profundo, más intenso. Catalina ya no veía a Javier solo como su jefe, sino como un hombre cuya sombra la acechaba en cada rincón de la oficina. Él la miraba con un aire de complicidad, como si la estuviera evaluando constantemente, y ella sentía una mezcla de deseo reprimido y frustración.
Finalmente, después de una jornada particularmente estresante, Catalina se quedó en la oficina, al igual que Javier. La luz de la tarde comenzaba a desvanecerse, y los dos se encontraron nuevamente en la misma habitación, esa tensión en el aire más fuerte que nunca.
—Catalina, ¿qué haces aquí?—preguntó Javier, su voz ahora suave pero con una intensidad palpable.
—Estoy trabajando.—respondió ella, mirando hacia abajo, intentando controlar sus emociones.
Un silencio largo se extendió entre ellos. Javier caminó hacia ella, su figura tan imponente, tan cercana, que Catalina sintió cómo su corazón latía más rápido. Los ojos de Javier se encontraron con los suyos, y por primera vez, ya no había críticas ni órdenes, solo una comprensión silenciosa de lo que ambos sentían.
—Lo que estoy a punto de decirte...—Javier se acercó, su respiración más rápida, casi palpable. ...es algo que no puedo ignorar más.
Catalina lo miró fijamente, sin poder hablar, sabiendo lo que iba a suceder pero sin poder evitarlo.
—No lo hagas...—susurró ella, aunque su cuerpo estaba pegado al de él, completamente vulnerable.
El contacto fue inmediato, como si la lucha interna de meses se hubiera resuelto de repente. Catalina cerró los ojos mientras Javier la tomaba entre sus brazos, sus labios buscando los de ella con una urgencia inesperada. La habitación, antes llena de reproches y tensión, ahora se llenaba de deseo, como si todo lo que no habían dicho estuviera siendo liberado en ese beso.
—Esto no está bien...—dijo ella entre susurros, pero no se apartó. Su cuerpo le pedía más, más de él, más de lo que ambos habían reprimido tanto tiempo.
Javier la sostuvo con firmeza, su voz apenas un susurro.
—No lo sé, Catalina. Pero lo que estamos haciendo... ya no podemos detenerlo.
La pasión que se había acumulado durante meses se desbordó en ese instante. No había vuelta atrás.
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