No hay mejor forma de empezar el día que conquistando la montaña.
Hoy, La Julia me recibió con su desafío de siempre, pero envuelta en un manto de neblina espesa, como si la naturaleza misma hubiera decidido jugar a la seducción conmigo. Subí sin titubeos, sintiendo cada paso firme sobre la tierra húmeda, mientras la brisa helada me rozaba la piel, marcando la frontera entre el esfuerzo y el placer.
La niebla lo cambia todo. No ves más allá de unos metros, y es ahí cuando entiendes que en la vida, como en la montaña, el verdadero poder está en moverte con certeza incluso cuando el camino no es claro. No necesitas ver el destino, solo confiar en que cada paso te acerca a la cima.
Después de unos 15 minutos de escalada intensa, el cuerpo despierta. El sudor se mezcla con el aire frío y sientes el pulso de la vida latiendo en cada músculo. Ahí, en medio de la neblina, te das cuenta de que el mundo es tuyo, que cada inhalación de ese aire puro es un recordatorio de tu fuerza. El silencio es absoluto, interrumpido solo por el sonido de tu respiración, el latir de tu corazón y la energía implacable de la montaña que te desafía a seguir.
Si estás en Caracas y aún no has subido La Julia, te estás perdiendo una de las experiencias más poderosas que puedes regalarte. Es un ritual, una prueba de carácter, un encuentro con la versión más salvaje y auténtica de ti mismo. No es solo ejercicio, es un recordatorio de que el dominio del cuerpo y la mente empieza con una simple decisión: subir.
Así que ponte los zapatos, siente el llamado de la montaña y ve a buscar esa neblina.
Te garantizo que cuando llegues arriba, no solo habrás conquistado La Julia… te habrás conquistado a ti mismo.
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