No hay línea más peligrosa que la curva de unos ojos que caen hacia abajo, como un sendero que promete un abismo delicioso. Los suyos no miran: tientan. No parpadean: envuelven. Son una invitación al naufragio, una trampa que se disfraza de dulzura, pero que oculta en sus esquinas la promesa de un juego donde yo siempre pierdo... y me encanta perder.
Cuando me mira, sus párpados parecen deslizarse con una lentitud calculada, como quien desviste una intención sin prisa, asegurándose de que el efecto sea profundo y sin escapatoria. Sus ojos no son grandes, ni pequeños: son exactos. Como la medida de un veneno que sabe cuándo hacer efecto, como el compás de un bolero que se baila pegado, con susurros en el oído y la piel encendida.
Esos ojos... Dios. Curvilíneos, descendentes, como la sonrisa de un secreto que se niega a ser contado. Son un suspiro de melancolía que juega a ser inocente, pero que no engaña a nadie. Porque debajo de esa forma que insinúa ternura, habita una sabiduría que desarma, una picardía que, si uno no se cuida, lo atrapa sin remedio.
Y yo no quiero cuidarme.
Quiero caer en la curva de esos ojos, deslizarme en su pendiente como un hombre que se sabe perdido pero no le importa. Porque hay caídas que no se sufren, sino que se gozan. Y la de sus ojos... esa es la más deliciosa de todas.
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